Ciudad

En 2020 se conmemoran 170 años del fallecimiento del General José de San Martín, en el Museo Saavedra se puede disfrutar de un recorrido por sus cartas, la ropa, sus anhelos, una parte de su historia, descubriendo aspectos desconocidos del padre de la patria.

La familia regresa a la patria, y la patria es España, no es la suya sino la de sus padres. La fértil Yapeyú de las Misiones, ciudad próspera, le entrega sus bellezas que él recoge a manos llenas. Su hermano Justo, también criollo -y que lo visitará en su exilio-, será el compañero de sus juegos en esa tierra roja e inolvidable del litoral, trabajada por el esfuerzo de tantos hombres y mujeres. Sí, inolvidable porque la familia regresará a la península, empezará una nueva vida, en otra casa, con otra gente, y le dará educación. Niño, casi, José Francisco ha sido destinado a la milicia pero, tal vez, su vida podría haber sido otra, la de un hombre de letrado un músico, quizá, un comerciante o un marino.

¡Navegar! Se sabe que tuvo una fuerte vocación por el mar, y que soñó con ser marino, embarcar a los cuatro vientos y descubrir tierras inhóspitas donde correr aventuras. No pudiendo realizar esos sueños le quedó, en compensación, un gusto por la pintura de marinas y la iluminación de tarjetas. Lo sublime de esas playas remotas-playas de colores y papel- le fue restituido en la inmensidad de su paso por los Andes.

San Martín era un romántico, pero su talante era contenido, sobrio, dueño celoso de sus palabras y custodio de las ajenas. Sabemos que en la quinta de su amigo Juan Martín de Pueyrredón-cazador de aves-, pintaba a la acuarela frente al río, y hasta ilustraba abanicos. Su carrera lo llevó por otros caminos, sin duda, aunque se quejaba, en una de sus cartas, del tiempo en que he tenido la desgracia de ser hombre público. ¡Y vaya si lo fue! Lo fue hasta que las circunstancias lo empujaron a cruzar otra vez el mar y buscar refugio en Bruselas, intentar, luego, un frustrado regreso sin desembarco y volver a Europa, para afincarse definitivamente en Francia.

No dejó, por eso, de soñar con volver, siempre volver. Lo imaginaba en su chacra de Mendoza y las tenues colinas de las Misiones donde recuperar aquella vieja higuera cuyo retoño hoy adorna su casa natal. ¿Qué habrá sentido el niño o el joven San Martín en la bélica Europa cuando evocaba su tierra? Esos cinco primeros años también decidieron su regreso y su causa.

Le costaba escribir; protestaba, a pesar de su extenso epistolario, protestaba, porque sabía del poder de las palabras, temía sus equívocos y traiciones, aunque las necesitara tanto como al silencio. Poseía una voz sonante que podía imponerse con facilidad, pero San Martín era amable y cercano en el trato. Su escritura, en consecuencia, era sobria, no adjetivaba, iba derecho a las cosas y decía lo justo.

Me llamó la atención su metal de voz, notablemente gruesa y varonil, cuenta Alberdi que lo conoció en Grand Bourg, esa voz que supo entonar el Himno en alguna velada y emocionar a los presentes porque amaba la música. Tocaba la guitarra; había estudiado el instrumento en España con el maestro Macario Fors, y la pulsaba para deleite de sus más íntimos. Igual que en el retiro de su casa de campo cuando la nostalgia le traía los cielitos de la tierra, el cuándo y el pericón.

De la sensibilidad por la música dio cuenta, también, su gusto por la danza. En lo de Escalada, a meses de su arribo, exhibió esas galas de caballero al seducir a la hija de la familia. Algo le habrá pasado a María de los Remedios para abandonar a su novio que gozaba de la aprobación de Tomasa, su madre que, por el contrario, nunca terminó de aceptar a ese soldadote venido de España. Se casaron pocos meses después, y a la semana consagraron el matrimonio en la iglesia catedral con misa y comunión, según la costumbre. Esa es otra historia; pero, siguiendo con la música, cuando ya no podía bailar por sus años y su vida en Francia, frecuentaba las salas de concierto para oír a las orquestas de la época. El ballet, la ópera, el suntuoso vals, todo eso inspiraba y consolaba al hombre –o al niño- que ansiaba volver.

Su vida en el exilio, en la noble casa de Grand Bourg, con su jardín y sus comodidades, le permitió vivir con cierta holgura después de recibir el pago de algunas deudas que le posibilitaron adquirir no sólo esa propiedad sino otra en París. La habitó hasta que los conflictos de 1848 lo decidieron a mudarse a su último y frío refugio. A su modo, fue feliz en su casa de campo porque, como todo romántico, sentía y amaba la naturaleza.

Según el testimonio de algunos biógrafos, San Martín se levantaba temprano y bebía té o café en bombilla de caña, a la manera del mate, después, picaba el tabaco con el que armaba su cigarro o cargaba una de sus muchas pipas. Horas limpiando y ordenando esos utensilios, y horas en la carpintería junto a su perro fiel. A media mañana solía montar a caballo y dar un paseo por los alrededores sino se dedicaba a una de sus tareas favoritas -siguiendo el célebre consejo de Voltaire-, el cuidado del jardín. Así lo cuenta a su entrañable amigo Tomás Guido en una de sus muchas cartas:

Ocupo mis mañanas en la cultura de un pequeño jardín y en mi pequeño taller de carpintería; por la tarde salgo a paseo, y en las noches, en la lectura de algunos libros y papeles públicos; he aquí mi vida. Usted dirá que soy feliz; sí, mi amigo, verdaderamente lo soy. A pesar de esto ¿creerá usted si le aseguro que mi alma encuentra un vacío que existe en la misma felicidad? Y, ¿sabe usted cuál es? El no estar en Mendoza. Prefiero la vida que hacía en mi chacra a todas las ventajas que presenta la culta Europa.

Y sabemos, por otras cartas, que su sueño no era sólo Mendoza sino también, las suaves ondulaciones de su tierra misionera con sus ríos que la refrescan y abrazan. Ese dolor lo acompañó hasta el final de su vida. Sarmiento, al visitarlo, lo percibió escribiendo en sus notas de viaje:

Hay en el corazón de este hombre una llaga profunda que oculta a las miradas extrañas.

Un hombre modesto que rehusaba entrar triunfante en las ciudades para no ser aclamado, que donaba premios, que fundaba bibliotecas y propiciaba cambios en la educación porque en ella cifraba la esperanza de ver libre a los pueblos. Alberdi, nos confirma esa modestia:

Yo creía que su aspecto y porte debían tener algo de grave y solemne, pero lo hallé vivo y fácil en sus ademanes, y su marcha desnuda de todo viso de afectación.

Y este hombre ya cansado de esperar el regreso, contando los días de su larga vida, decide pasar sus últimos años en el norte de Francia para sortear las conmociones sociales y políticas que vivía París en 1848. Viaja a Boulogne-sur-Mer y se instala en un departamento sencillo que alquila; los achaques lo acompañan: el asma, sus viejas úlceras y el reuma, pero lo peor era su creciente ceguera que le arrebató, al final, su gran placer que era la lectura. Se volvió para adentro, hojeando el gran álbum de su vida: empresas, luchas, amores, sueños…

Orgulloso de su hija y su familia, agradecido por las dos nietas que lo amaban, la vida se le fue apagando lentamente. Aquel 17 de agosto, le pidió a su hija Mercedes que le leyera los diarios; luego, almorzó, sintió fuertes dolores en el estómago y lo recostaron: alrededor de las tres de la tarde, falleció.

Y no pudiendo el niño volver a su tierra, fue su deseo de hombre que llevaran ese corazón a la Patria, donde estuvo siempre.

https://www.buenosaires.gob.ar/museos/museo-historico-cornelio-de-saavedra

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