Ciudad

Creo que desde que soy chica hago la misma pregunta. También estoy convencida de que es una de las preguntas que más les hice a conocidos, amigos y hasta a desconocidos: ¿dónde estabas el 11 de septiembre de 2001?

Me interesa conocer la perspectiva de cada uno sobre lo que sucedió aquel día. Pero hay algo que me fascina todavía más: Todos saben dónde estaban.

¡Empiezo yo, empiezo yo!

El 11 de septiembre de 2001 era feriado para mí. Cursaba cuarto año del secundario y era el Día del Maestro. Mamá aprovechó ese impasse académico para llevarme al médico. Nos fuimos temprano y salimos más rápido todavía de lo que habíamos tardado en llegar en colectivo.

Atrás del Policlínico había un Supermercado Norte. Para quienes son muy chicos, eran esas cadenas de supermercados enormes que hoy son tan frecuentes, pero que en aquella época todavía impresionaban por su tamaño. Entramos y había un sector lleno de televisores. Esas cajas cuadradas que hoy fueron reemplazadas por pantallas tan finas como una hoja de papel. En aquel entonces, si tenías un televisor “grande” en el comedor, era casi como tocar el cielo con las manos. Al acercarnos vimos mucha gente. Algo raro estaba pasando. Hicimos lo que hacía cualquiera: nos acercamos para entender por qué tanta gente estaba amontonada, en silencio, mirando las pantallas. Las imágenes se sucedían. Torres. Humo. Un avión. Gente corriendo. Recuerdo que mamá preguntó: “¿Es una película?”. Un señor se dio vuelta y le respondió: “No, señora. Es en vivo.” Ni mamá ni yo habíamos estudiado periodismo todavía, pero las dos entendimos, sin necesidad de que nadie nos lo explicara, que estábamos frente a un hecho histórico.

Mi interés por la geopolítica estaba en auge. Desde el año 2000, mi colegio ofrecía, a través de mi profesora de Educación Cívica, Beatriz, la posibilidad de participar en los Modelos de Naciones Unidas para chicos. Cientos de estudiantes se preparaban durante meses. Se sorteaban los países que representaba cada delegación y, durante tres o cinco días al año, dejabas de ser vos para transformarte en el representante del país que decía tu cartel. El primer año nos había tocado Croacia, en medio de un rebrote de la Guerra de los Balcanes. Para 2001 pensamos que sería mucho más tranquilo. Nos había tocado Túnez: un país musulmán del norte de África, sin grandes conflictos internos ni un papel particularmente relevante en la política internacional. Entonces ocurrió el 11-S. Y el mundo comenzó a mezclar, como tantas otras veces en la historia, religión, política y terrorismo. Nosotros, como argentinos, ya habíamos vivido el terrorismo en carne propia. Pero ahora el tema adquiría una dimensión global. Y eso también cambió nuestra forma de mirar el mundo.

Las imágenes de aquel día quedaron grabadas para siempre: Bomberos y policías corriendo hacia los edificios mientras miles intentaban salir. Aviones estrellándose contra edificios. Personas desesperadas tomando decisiones imposibles de imaginar. Torres que se derrumbaban. Muy rápido entendí que el mundo que conocíamos —y la manera en que lo conocíamos— ya no existía más.

Con los años tuve la posibilidad de viajar varias veces a Nueva York, sin saber todavía que terminaría convirtiéndose en mi ciudad preferida del cosmos. ¿Las razones? Si quieren, en otro momento se las cuento en profundidad y hasta puedo ayudarlos con una guía extraoficial. Pero hubo algo que me quedó grabado desde el primer minuto: la Zona Cero. Esos memoriales en forma de pileta donde alguna vez estuvieron las Torres. Los nombres grabados en bronce. El agua fluyendo constantemente. Es como estar parado dentro de una fotografía. O dentro de un video. Como si las escenas de aquel día estuvieran almacenadas en algún lugar de la memoria y, de repente, alguien apretara “play”. Pero esta vez vos estás ahí.

Visito el Memorial cada vez que voy a Nueva York. En una de esas ocasiones, mientras estaba parada entre la multitud, miré hacia mi derecha. Había una señora inmóvil, con una rosa blanca en la mano, mirando un nombre. Sabía lo que significaba. Gracias al trabajo de cientos de colaboradores, en los cumpleaños de las víctimas suelen colocarse rosas blancas junto a sus nombres para que sus familiares puedan recordar a esa persona en una fecha que, de alguna manera, todavía les pertenece. Me acerqué. Entre susurros le dije: “Happy Birthday.” Ella me miró.

Sus expresiones se suavizaron. Sus lágrimas disminuyeron. Y simplemente me agradeció. Ese momento me enseñó algo que todavía conservo: no siempre alcanza con mirar. A veces una sola palabra puede acompañar a alguien. Incluso cuando uno no sabe cuánto significa. El 11-S también cambió el paradigma con el que entendíamos el terrorismo. Y, al mismo tiempo, abrió debates que siguen vigentes 25 años después. Noam Chomsky cuestionó durante años la manera selectiva en que Estados Unidos y otras potencias definen el terrorismo, señalando la diferencia entre cómo se califican los actos violentos de sus enemigos y cómo se presentan determinadas acciones militares propias. Ese debate —incómodo, polémico y necesario— forma parte también de la historia que dejó el 11-S. Porque recordar no debería significar dejar de preguntar. Ni aceptar una única interpretación. Ni olvidar a las víctimas mientras discutimos las responsabilidades políticas, militares o históricas.

25 años después la cautela convive con la memoria en Nueva York. Esto también pasa en tantas otras ciudades que, con el correr de los años, vivieron sus propias tragedias. En algunos lugares, el 11-S fue utilizado para alimentar la islamofobia, el desconocimiento y el odio. En otros, las nuevas tecnologías y la inmediatez de las redes sociales nos permitieron conocer miles de pequeñas grandes historias: las de quienes estuvieron allí, las de quienes sobrevivieron y, sobre todo, las de quienes ya no están pero continúan presentes en sus familias y amigos. Por eso creo que hablar del 11-S con las nuevas generaciones es indispensable. Contarles qué pasó. Preguntar por qué pasó. Intentar comprender cómo pudo pasar. Y, sobre todo, discutir qué podemos hacer para que algo así no vuelva a suceder. Estoy convencida de que siempre existirán temas incómodos que funcionen como disparadores para conversar, disentir, cuestionar y aprender. Porque recordar no significa pensar todos lo mismo. Recordar significa no permitir que el olvido piense por nosotros. Y quizás por eso sigo haciendo la misma pregunta después de 25 años:¿Dónde estabas el 11 de septiembre de 2001? Todos tenemos una respuesta. Una casa. Una escuela. Un trabajo. Un colectivo. Una televisión. Alguien que nos contó. Una imagen que nunca olvidamos. Pero después de 25 años, tal vez la pregunta más importante ya no sea solamente dónde estábamos, sino:¿Qué hicimos con aquello que recordamos? Porque las sociedades con amnesia y apatía están condenadas a repetir sus errores. Recordar no cambia el pasado. Pero puede cambiar lo que hacemos con el futuro.

Virginia Calarco, periodista nos muestra el 11S desde su mirada de esta historia que cambio mucho la historia del mundo.

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