Ciudad

Empecé esta serie de artículos con un tema que, en lo personal, me interpela. Pero este fin de semana tuve la posibilidad de ver un documental sobre el secuestro de Miguel Ángel Blanco en España, en los años ’90, y hubo una pregunta que atravesaba todo el relato: ¿dónde estabas?

Y esa pregunta volvió a hacerme pensar.

Porque hay acontecimientos que no solamente forman parte de la historia: también quedan guardados en la memoria de quienes los vivieron. A veces recordamos exactamente dónde estábamos, con quién, qué estábamos haciendo o incluso qué vimos por televisión cuando ocurrió algo que, en ese momento, todavía no sabíamos que iba a convertirse en historia.

Entonces me pregunté: ¿cuántos días quedaron grabados en la memoria colectiva del mundo? ¿Cuántos de nuestros antepasados o contemporáneos pueden decir “yo estaba ahí” cuando la historia cambió de rumbo?

Todavía no tengo la suerte —sí, todavía, porque mientras se pueda soñar siempre existe la posibilidad— de conocer Berlín. Quienes conocen esta ciudad suelen describirla como ecléctica, vibrante y diversa. Una ciudad donde conviven distintas épocas, culturas y, sobre todo, una enorme cantidad de historia. Una ciudad que durante décadas estuvo literalmente partida en dos y que hoy intenta convivir con las huellas de todo aquello que sucedió. Berlín tiene, incluso, un lema que alguna vez la definió como “pobre, pero sexy”. Pero si hablamos de Berlín, hay una fecha que resulta imposible esquivar: 9 de noviembre de 1989.

Voz en off: “A ver, Vir, si redondeamos… ¿qué hecho vamos a recordar?”

Uy, sí. Perdón. Vamos a entrar en la atmósfera de ese día: la caída del Muro de Berlín.

Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, Alemania quedó dividida en cuatro zonas de ocupación controladas por las potencias vencedoras: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la Unión Soviética. Berlín, aunque se encontraba dentro de la zona soviética, también fue dividida en cuatro sectores. Las diferencias entre los antiguos aliados fueron profundizándose hasta convertir aquella división inicial en algo mucho más grande: en 1949 nacieron dos Estados alemanes enfrentados ideológicamente. Por un lado, la República Federal de Alemania (RFA), vinculada al bloque occidental. Por el otro, la República Democrática Alemana (RDA), alineada con la Unión Soviética. Y Berlín quedó en medio. Literalmente en medio. La ciudad occidental se convirtió en una vía de escape para miles de personas que querían abandonar la Alemania Oriental. Entre 1949 y 1961, alrededor de 2,7 millones de personas dejaron la RDA, muchas de ellas jóvenes y trabajadores cualificados. La fuga se convirtió en un problema cada vez más grave para el gobierno de Alemania Oriental. Hasta que llegó la noche del 13 de agosto de 1961. Sin previo aviso para la población, las autoridades de la RDA comenzaron a cerrar los pasos entre Berlín Oriental y Berlín Occidental. Primero aparecieron alambradas y barricadas; poco después, comenzaron a construirse las distintas estructuras que terminarían conformando el Muro de Berlín. Una frontera que no solamente dividió una ciudad. Dividió calles, familias, amistades y vidas. Durante casi tres décadas, el Muro fue mucho más que una construcción de hormigón. Fue una frontera militarizada, vigilada y difícil de atravesar. Intentar escapar podía significar la cárcel y, para algunas personas, incluso la muerte.

Y entonces llegó 1989. En Alemania Oriental crecían las protestas y aumentaba la presión para permitir una mayor libertad de movimiento. El 9 de noviembre, durante una conferencia de prensa, el funcionario Günter Schabowski anunció nuevas normas para los viajes al extranjero. Ante una pregunta sobre cuándo entrarían en vigor, respondió: “inmediatamente, sin demora”.

La noticia se extendió rápidamente. Miles de personas comenzaron a acercarse a los puestos fronterizos. Los guardias no tenían instrucciones claras sobre cómo actuar frente a semejante multitud. Y finalmente, los pasos comenzaron a abrirse. Los berlineses cruzaron. Se abrazaron. Lloraron. Festejaron. Y comenzaron a derribar el Muro con mazos, martillos y cualquier herramienta que tuvieran a mano. Después de casi 30 años, aquella barrera que parecía permanente había dejado de cumplir su función. Menos de un año después, el 3 de octubre de 1990, Alemania volvió a ser un solo Estado.

Mucho se ha dicho sobre el significado de la caída del Muro. Fue uno de los grandes símbolos del final de la Guerra Fría y formó parte de un proceso mucho más amplio de transformaciones políticas que atravesaron Europa Oriental y que, poco después, culminaron también con la desaparición de la Unión Soviética. Pero quizás lo más interesante sea pensar qué significó todo aquello para quienes habían vivido durante décadas con un muro literalmente delante de sus ojos.

Porque el Muro no era solamente una frontera política. Era una cicatriz. Una cicatriz que atravesaba una ciudad y que se metía en la vida cotidiana de sus habitantes. Familias que quedaron separadas. Personas que durante años no pudieron visitar libremente a sus seres queridos. Personas que vivían con torres de vigilancia, soldados armados y controles fronterizos como parte de su paisaje cotidiano. Y, para muchos habitantes de Alemania Oriental, la apertura de la frontera significó también acceder a posibilidades que hasta entonces estaban restringidas: viajar, expresarse con mayor libertad, elegir qué leer, qué mirar, qué comprar y hacia dónde ir. De repente, aquella ciudad dividida comenzaba a volver a conectarse.

Hoy, algunos fragmentos del Muro siguen en pie, pero ya no cumplen la función para la que fueron construidos. Están cubiertos de colores, dibujos, mensajes y obras de arte. El tramo más conocido es la East Side Gallery, donde en 1990 más de un centenar de artistas de distintos países transformaron una parte del antiguo muro en una enorme galería de arte al aire libre.

Quizás no exista una metáfora más poderosa: El mismo muro que alguna vez sirvió para dividir, hoy sirve para contar una historia.

Berlín fue testigo de algunos de los mayores horrores de la historia contemporánea, aunque también es testigo de algo que hoy llamamos resiliencia. Esa palabra que usamos tanto. La capacidad de atravesar una dificultad, adaptarse y volver a levantarse. Aunque quizás haya algo más. Porque Berlín no borró sus cicatrices sino que las convirtió en parte de su paisaje. Y tal vez ahí estén algunas de las preguntas que nos deja su historia: ¿Qué hacemos con aquello que alguna vez nos dividió?¿Lo escondemos?¿Intentamos olvidarlo?¿O lo convertimos en memoria para no repetirlo?

No sé realmente cuáles son las respuestas. Quizás la historia no nos pide tener siempre respuestas, sino aprender a hacernos las preguntas correctas. Me gustaría creer que somos lo suficientemente sensatos como para mirar hacia atrás, reconocer nuestros errores y no volver a tropezar una y otra vez con la misma piedra. Pero también somos humanos. Y ahí está, quizás, nuestra mayor contradicción: tenemos memoria, tenemos la posibilidad de aprender y, al mismo tiempo, tenemos el libre albedrío para decidir qué hacemos con todo aquello que aprendimos.

Berlín nos recuerda que las divisiones que parecen eternas también pueden caer. Que las cicatrices pueden permanecer sin que necesariamente sigan siendo heridas. Y que, muchas veces, recordar no significa quedarse atrapado en el pasado, sino entenderlo para poder elegir qué hacer con el futuro. Quizás por eso existen fechas que quedan para siempre en nuestra memoria. Porque algún día, cuando alguien nos pregunte dónde estábamos cuando el mundo cambió, podremos responder: “Yo estaba ahí”.

Berlín - Crédito: The Washington Post via Getty Images

Virginia Calarco. Periodista.

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